Crónicas de la vereda, el lugar del juego

Hasta la década del ‘70, en el siglo XX, las calles de las ciudades entrerrianas fueron un espacio público apropiado para el despliegue lúdico de la infancia local. Sin embargo, los niños ya no juegan en las calles como antes, al menos no en la misma escala ni del modo en que lo hacían cuando esta celebración cotidiana, bajo la supervisión de los mayores, constituía una sólida costumbre.

Se dirá que en el pasado los más pequeños tenían que jugar con lo que se le ocurriese al aire libre, ya que no contaban con los nuevos dispositivos tecnológicos (televisión, videojuegos, computadoras, tablets y teléfonos móviles) que hacen que hoy permanezcan dentro de sus casas por varias horas. Por lo visto han quedado atrás los tiempos en que las tranquilas calles eran virtualmente ocupadas por grupos de niños y niñas, los cuales, a la tardecita, convertían ese espacio urbano en un mundo para la fantasía. Es decir, “cuando jugar en la calle era una fiesta y la peor penitencia: ‘¡Hoy no salís a la vereda!’”, según consigna el libro “Por las calles de Gualeguaychú”, escrito por Carmen Galissier, Norma Martínez, Leticia Mascheroni y Delia Reynoso. En esta narrativa de la patria chica, que postula que “si la ciudad fuera un libro, las calles serían sus páginas”, las autoras hablan de la importancia que tuvo a nivel local el espacio público como contexto lúdico, al menos hasta la década del ‘70.

“La calle siempre fue el espacio ideal para correr, perseguirse, esconderse, montar en triciclo o en bicicleta, empujar una rueda o hamacarse y, sobre todo, para encontrarse con el vecindario y jugar en grupo libremente”, se lee. Y se añade: “Los más chicos aprendían a jugar repitiendo lo que los más grandes hacían. Muchos entretenimientos infantiles eran cíclicos. La primavera y las vacaciones de verano invitaban a ocupar los espacios abiertos y a jugar en horas desacostumbradas. Las rondas, los juegos de acción, los de grupos enfrentados se practicaban al aire libre y, en consecuencia, encontraban en la calle el escenario adecuado”.

Juegos tradicionales
Las autoras hacen una interesante recopilación de los principales juegos infantiles populares que se desarrollaban, en este caso, en las calles de Gualeguaychú, pero que bien podrían ser en cualquiera del resto de la provincia. Dichos juegos se fueron transmitiendo de padres a hijos, y algunos de ellos todavía se practican en los barrios alejados del centro y en las escuelas y jardines de infantes.

En cuanto a las “rondas” se mencionan: A la ronda de la batata…; Soy el farolero…, Arroz con leche…; La farolera tropezó…; Estaba la blanca paloma…; El huevo podrido; Estaba la dama dama…; Sobre el puente de Avignon…

Entre los juegos “sin elementos” figuran: la escondida; el dueño de la vereda; las estatuas; la mancha; el pinto colorinto; el gallito ciego o la gallinita ciega; vigilantes y ladrones; Fideo fino, fideo cortado…; A la lata, al latero…; María la Lucrecia, chirivín, chirivito…; las esquinitas.

Había, por otro lado, juegos “con elementos” como la rayuela; la cuerda; las bolitas; las figuritas; el elástico; la pelota; la payanca; la cinchada; los aros; el papelito escondido; guiar con un alambre largo una rueda de bicicleta o de un cochecito; remontar barriletes; girar trompos; andar en zancos; competir con el balero y el yo-yo; andar en triciclo, en monopatín, en bicicleta, en patín; fabricar barquitos de papel que navegaban en las cunetas cuando llovía.

Respecto a los “juegos enfrentados” se recuerdan: La palma corrida; Pasará pasará… o Martín Pescador; Se me ha perdido una niña, cataplín, cataplín, cataplero…; Buenos días, su señoría, mantantirulirulá….

Por último, otros juegos tradicionales eran: Don Juan de las Casasblancas; Al don Pirulero; A la tienda de París, ni del sí, ni del no, ni del blanco, ni del negro….

En el libro se evoca además que muchos de estos entretenimientos exigían un “sorteo” previo para determinar los roles de los participantes, siendo algunas de sus fórmulas muy usadas: Zapatito de charol…; Pasó un avioncito…; Pitipí sembrá…; Avioncito del Perú…; Bicho colorado…

¿Todo tiempo pasado fue mejor?
En su artículo “Ciudad y juego, juegos posibles e imposibles”, la especialista argentina María Regina Öfele, directora del Instituto de Investigación y Formación en Juego, reivindica la costumbre del juego infantil urbano: “En tiempos pasados, la calle era un espacio público que, si bien no estaba diseñado para el juego específicamente, sí era apropiado por los niños en sus diseños y despliegues lúdicos. Cualquier elemento del espacio, ya sea visual, sonoro o de otra índole, podía incorporarse en el juego, formando parte del mundo fantástico”. Aunque rechaza cualquier visión nostálgica que pretenda postular al juego en la calle como “único válido”, Öfele considera no obstante que su desaparición en las ciudades “debe ser pensada y tomada en cuenta”.

La autora afirma que el juego siempre ha sufrido modificaciones a lo largo de los diferentes períodos históricos y ahora mismo, por distintas causas de índole cultural, tecnológico y social, “estamos frente a transformaciones de hábitos y rutinas diarias que se reflejan en las modalidades de juego”. Al respecto llama la atención que los “peloteros” –que se han expandido por las ciudades– representan algún tipo de limitación respecto de la calle. No sólo porque a ellos pueden concurrir niños de determinada edad y estatura, sino porque se trata de espacios prediseñados por los adultos.

“El juego ya no es diseñado por los jugadores, sino por una sociedad que propone (¿o impone?) un modo, un espacio, un tiempo”, reflexiona.

Öfele sugiere a los planificadores urbanos que atiendan esta problemática de los espacios habilitados para el juego infantil en las ciudades. Sobre todo, a partir del hecho “curioso” según el cual hay ciudades argentinas que “casi no tienen espacios de juego al aire libre y en otros casos, los espacios verdes no son proporcionales a la población”, advierte.

Frente a esto, señala la académica, “crecen los locales que ofrecen juegos electrónicos, en ambientes oscuros, cerrados, u otros locales como peloteros y opciones similares, sobre todo para los niños más pequeños”.

Según Öfele, el juego pasa a desplegarse en el interior, no sólo de locales, sino también a través de Internet y sus diversas versiones de juegos y comunicación. Entonces, razona, “la interacción pasa a ser mediatizada y controlada, por el tiempo que dura la ficha que se abonó, por el diseño del espacio, por un adulto o grupos de adultos que directa o indirectamente controlan el juego y sus posibilidades”.

Para la especialista, de esta manera el niño no se encuentra delante de una reproducción fiel del mundo real, sino de una imagen cultural que le es particularmente destinada. Y esto significa una pérdida, ya que “deshabilitamos espacios lúdicos de mayor creación y libertad”.


Marcelo Lorenzo

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